Remy, Alan, Alex.
Remy vive entre
París, la ciudad de México y el resto del mundo. Alan es su novio mexicano.
Cuando Remy está en la ciudad de México, él y Alan salen por las noches a
buscar un tercero que comparta con ellos las habitaciones de hotel.
Alex baila en la
pista, el efecto de la tacha recorre su cuerpo, un sudor frío va y viene de sus
pies a su cabeza. Las luces robóticas lo transportan en un viaje de
sensaciones, sus ojos se dilatan, sus brazos nadan en un agua en exceso
transparente que sólo él puede mirar. Una mano se desliza suavemente por su
antebrazo; es Alan, que busca con su mirada la mirada de Alex y le sonríe
dulcemente.
Alex baila en medio
de Remy y de Alan. Alan toca su entrepierna. Rommie abraza a Alex por detrás,
toca su trasero, lleva sus dedos a la boca de Alex; los dedos son salados,
largos y tibios. Alan se excita de mirar los dedos de su amante siendo lamidos
por el nuevo chico, del cual comienzan a conocer su cuerpo sin aún conocer su
nombre. El dulce vodka va de unos labios a otros sin detenerse, el alcohol los
hace despegar los pies del piso.
El resto de los
chicos los miran: Remy es absolutamente hermoso; alto, delgado y fornido, su
camiseta negra sin mangas contrasta con su blanca piel y deja ver sus bien formados
brazos: fuertes, anchos, repletos de vellos.
Las pecas salpican su espalda. El cabello rubio. Los ojos claros. Los
labios rosas. El cabello corto en una especie de peinado despeinado. Unos jeans
ajustados, negros, que dejan ver su escultural trasero. Alan es menos
afortunado; tiene el cabello oscuro y lo lleva peinado hacía atrás, la piel
blanca. No es precisamente delgado aunque tampoco gordo, contra resta su cuerpo
convencional con una linda sonrisa, una nariz pequeña y respingada y una mirada
tierna. Alex mira más allá; sus ojos castaños se posan en la gente y sin
quererlo descifran cosas. Lleva el cabello casi a rape. Su rostro es cuadrado,
los pómulos resaltan, los labios carnosos. Es alto, delgado y lánguido. Cada
uno toca al otro y las caricias se vuelven cada vez menos sutiles, más
provocadoras, menos pensadas, más apasionadas, menos premeditas…
Los minutos se
diluyen rápido. Remy y Alan han bebido desde que se ocultó el sol. Alex se
metió una tacha a media noche. Entre las
caricias físicas, la voz de Remy, que apenas se escucha por la música, parece
acariciar el oído de sus amantes: ¿Nos vamos?
Una camioneta
oscura con vidrios polarizados. Adentro, el chofer intenta no mirar por el
retrovisor. En la parte de atrás, tres chicos se besan entre sí. La mano de
Remy dentro del pantalón de Alex enreda sus dedos entre el vello púbico y
descubre una erección fulminante, un pene grueso y circuncidado es lo que
le promete el tacto. Desliza la otra mano en el pantalón de Alan, acariciando
la suave piel de su trasero, dirigiendo su dedo entre sus nalgas. Remy toma
el control; él ordena, dice que desea ver, dirige sus manos por donde quiere.
Ahora empuja la nuca de su amante recurrente y la del chico que sacaron del
antro hasta juntar sus rostros. Mira excitado como sus bocas se hunden en un
eterno beso.
Los tres chicos
caminan de la mano por el pasillo de un hotel, que parece demasiado largo,
demasiado iluminado… Finalmente llegan a la habitación. A Remy le gusta
desnudarse poco a poco. Comienza a tornarse brusco. Con la mano derecha empuja
a Alex al piso, se baja el zipper de los jeans, se saca el pene duro, aprieta
la cara de Alex contra sí, no resta nada que hacer más que abrir la boca. El sabor
del vodka aún en la lengua de Alex, la saliva dulce, las encías algo dormidas
por la droga. Alex siente dentro ese pene erecto, grande, del francés, que
obliga a su amante mexicano a mirar como otro le chupa la verga. Se saca
también los huevos, grandes y bien formados, hace que Alex se los meta enteros
a la boca, él desliza sus dos manos por la espalda del rubio, le acaricia las
nalgas con los jeans de por medio, luego le desabrocha habilmente el cinturón.
Alan se ha quitado
la ropa. Conserva una camiseta sin mangas y los calcetines demasiado blancos. Se
masturba viendo a su amante poseer a alguien nuevo. Ahora es Alan quien es
empujado al piso. Remy desabotona la bragueta de Alex. Saca con sus manos un
pene totalmente duro. Hace que Alan lo meta en su boca, con una mano toma su
nuca y con la otra el trasero de Alex, controla así el movimiento de entrada y
salida, el ritmo con que Alan da placer oral a Alex.
Los tres
semi-desnudos. Remy empuja a Alex a la cama. Le come el culo. Le pone
lubricante. Se pone un condón. Lo penetra. Toda la verga directamente, derecho,
sin ir poco a poco. Podría causar dolor pero la tacha ayuda a Alex a que todo
se sienta leve, casi insoportablemente leve. Alan se masturba excitado y besa
al chico que es penetrado por su amante. El trato brusco de Remy parece
compensarse con la ternura de Alan. El orgasmo de Alan llega demasiado rápido.
El de Remy está por llegar. "¿Te vas a venir?" Le pregunta a Alex. Él responde
honestamente: “No sé si me voy a venir, debe ser por la tacha”. El gesto de
Remy cambia abruptamente: “¿La tacha?” Sale del interior de Alex en ese
instante. Con la palma abierta le pega en la cara. “Nosotros no hacemos drogas.
No nos gusta eso. ¡Vete!” Todo se vuelve frío al instante y Alex, confundido,
se levanta de la cama. Se dirige al baño. “¡Vete! ¡No te queremos aquí! Alán
refuerza las palabras de su amante. No le dejan a su invitado ni siquiera el
tiempo para pasar al baño. A empujones lo sacan de la habitación.
El pasillo parece
aún más largo. La maldita luz: demasiado blanca, demasiado intensa. Todo parece
en extremo limpio en ese hotel y contrasta con el sentir de Alex. En el pasillo
se revisa los bolsillos: al menos trae la cartera y las llaves del coche. Ahora
que camina, el dolor de la ruda penetración se hace presente. Camina despacio y
desconcertado al elevador. Las ideas se suceden de manera confusa en su mente,
poco a poco comienza a darles cierto orden: tiene algo de dinero en la cartera,
puede pagar un taxi de regreso al antro donde dejó su coche.
A través de las
ventanillas del taxi, Alex mira las luces de la ciudad. El chofer guarda
silencio. El silencio se vuelve inmenso, insoportable. Tiene aún, en el brazo,
el sello que le pusieron al salir del antro. Podría volver. Sí, esa es la
opción: huir del silencio, inundar sus oídos de música electrónica otra vez,
sus ojos de luces robóticas, esperar a que el efecto del alcohol y la droga se
pase. “Estúpidos” piensa ahora, “incluso ellos parecían drogados…”. Ahora puede
estar molesto con ellos. En sus dedos, aún queda el olor del dulce perfume del
francés. No, no los odia del todo.


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